24/12/19 I Esperanza renovada
Siempre será conveniente revivir ciertos acontecimientos de la historia bíblica

El cuarto acto de la Natividad es el más popular, el más grandioso, el más espectacular. La anunciación del ángel del Señor a los pastores de Belén; las nuevas buenas de gran gozo del nacimiento del Salvador; el coro angelical formado por una multitud de las huestes celestiales pronunciando el conocido: “¡Gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra y buena voluntad a las personas!”.
Todo ese esplendor de luz y música en el cielo estrellado de aquella  noche contrasta con la humilde, pobre  y sencilla apariencia de  los pastores. Pasaban las noches en los campos de las tres colinas que hay  a unos 1.500 metros de Belén, cuidando a sus ganados con la cabeza cubierta con un turbante negro, una piel de cordero sobre sus hombros, los pies descalzos o calzados con miserables sandalias, un cayado de sicómoro en la mano, sentados en alguna piedra alrededor de grandes fuegos relevándose de vigilia en vigilia.
Después de María y José, fueron los pastores los primeros testigos del nacimiento del Salvador; los primeros en proclamar al mundo las buenas nuevas. Son los intérpretes de todos aquellos que creen y siguen con entusiasmo y gozo la Palabra del Señor.
Hoy necesitamos imitar a esos nobles pastores para contemplar la grandeza de Jesús y darla a conocer a nuestros vecinos.